Renfe ‘esconde’ la paliza a un gay

29 oct

 

Hace un par de semanas, comentamos el caso de un chico que fue apaleado en los lavabos de la estación de Atocha por unos guardias de seguridad de Renfe; el gran “crimen” que cometió fue ser un presunto homosexual que tenía relaciones allí dentro.

Ahora, Renfe ha dado su visión del caso. Nos cuenta El Mundo:

Denunció en comisaría y presentó reclamación en Renfe. La compañía ha cerrado la ‘investigación’ porque «los agentes no pasaron parte de incidencias». Es decir: se niega a investigar.

“¿Qué coño estábais haciendo, maricones? ¿Acaso estábais follando?”. El joven R. y un amigo salen de una de las cabinas de los baños de la estación de Atocha cuando escuchan tal frase de bienvenida.

Los autores del saludo: dos vigilantes “que parecían dos pitbulls”, y que les mantienen en los baños cerca de 15 minutos. Y no precisamente para darles besos: les quitan los DNI, les vacían los bolsillos y encuentran la prueba incriminatoria: un condón sin abrir. “O sea, que veníais a follar, ¿eh, hijos de puta?”.

Es la prueba irrefutable: R. y su amigo son inevitablemente homosexuales. Así que los vigilantes les insultan, les intimidan, les vejan y, finalmente, les golpean con sus puños. Uno de los guardias lleva guantes de cuero negro.

A R. le sueltan un mamporro en el ojo derecho por el que tiene que ser atendido de varias contusiones en la cara en Urgencias del Gregorio Marañón. Sucedió el pasado sábado 6 de octubre, a las 23.00 horas.

Todo, por supuesto, “por maricones”. Pero Renfe no ve mayor problema: además de denunciar en comisaría, R. puso una reclamación a la empresa, que abrió una investigación que esta semana cerró sin más ni más. Las pesquisas de Renfe, de hecho, ni siquiera se iniciaron jamás. El motivo: que los propios vigilantes denunciados “no presentaron parte de incidencias”.

¿Absurdo? Dice R: “Si nos dieron una paliza, ¿por qué iban a contarlo en un informe e inculparse?”. De la estación se fue al Gregorio Marañón, donde le abrieron parte de lesiones. De allí, a comisaría. Y, al día siguiente, de nuevo a Renfe a presentar la reclamación desestimada esta semana. Otro aspecto peculiar de dicha instancia: a R. ni se le informó esta semana del cierre del expediente. Se enteró “por los medios de comunicación, no me han notificado nada”.

Fuentes de Renfe aseguran que la compañía “se ha inhibido porque hay un procedimiento judicial en curso”, y que “se ha instado a la empresa subcontratada a que destine a otro lugar a los vigilantes”. Curiosamente, a R. no se le hizo pasar, al presentar la reclamación, ninguna rueda de reconocimiento de fotos.

R. sostiene de hecho que “jamás entré con mi amigo allí con la intención de mantener relaciones sexuales”, e incluso echa un órdago a la compañía: “Y si hubiera querido mantener relaciones sexuales, qué. ¿Dónde pone que no se puede follar ahí? Si se hace sin ruido, en una cabina y con la puerta cerrada, ¿a quién se molesta?”.

Desde Renfe aluden al sentido común, y aseguran que el lugar se ha convertido en un picadero para gays. R. dice: “Y qué pasa, ¿que si entran dos chicas al baño no pasa nada y si entran dos chicos es que son homosexuales?”.

R. teme que su juicio quede en agua de borrajas. El abogado del Colectivo de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisex de Madrid (COGAM) le ha dicho que es habitual que, en estas ocasiones, la empresa de vigilancia presente en sucesivas ocasiones a guardias equivocados, hasta conseguir dilatar tanto el procedimiento que se diluya en el tiempo.

Como en muchos casos de homofobia, el miedo y los prejuicios hacen también acto de presencia: a R. le dice su abogado que sería determinante para el desarrollo del juicio que su amigo, que también fue insultado y vejado por los guardias, declarara. Pero no parece posible: “En su casa no saben que es gay, tendría que decírselo a sus padres y no es una cosa fácil”.

Pero la historia de R. no queda ahí. El mismo domingo tras el sábado de los hechos se sube a un cercanías, se sienta al final del vagón, mira a su izquierda y ahí están sus dos agresores. Que, además, le miran, le sonríen y le amenazan con sorna: “Bueno, a ver si no te tenemos que ver otra vez por allí, ¿eh?”. Los mismos tipos que le habían mantenido secuestrado en el baño por espacio de 15 minutos, y que le culparon de que los retretes se hayan convertido en “un nido de maricones”.

A resultas del segundo susto, R. ya no coge Cercanías y se desplaza por la ciudad en Metro: “Tardo más, pero…”. Está valorando recibir asistencia médica. “Son una pobre gente, se creen policías y no son más que unos brutos”, dice de sus agresores. “Incluso al irme, al dejarme salir de los baños, uno me lanzó una patada, pero iba caminando rápido y conseguí evitarla”.

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